28 sept. 2016

Melodías y pinturas

Me encanta que me digan no puedes.

Antes no, lo reconozco.
Pero, desde hace cierto tiempo, me encanta.
Yo creo que es puro morbo.
Superación también, pero es el conocido Zas en toda la boca.

No puedes bailar. No puedes curarte. No puedes pasar página. No puedes dormir. No puedes comer. No puedes respirar. No puedes sonreír.

Y sí, lo he escrito en orden cronológico y de importancia.
Si mi blog lo lee la mitad de mi historial tóxico fijo que en media hora tengo mensajes privados con "Espero que no vaya por mí porque yo siempre te quise ayudar".

Jaj, espera. Se supone que me tengo que creer, a estas alturas de la película, que no habían conveniencias? Venga, hasta luego.

No voy a contestar a ningún mensaje privado, como si fuera personal. Porque las personas no son terroristas emocionales, por mucho que ahora se pongan de acuerdo.

Ahora vuelvo a la realidad.

Me he vuelto adicta a los retos.
Más pasos, más sonrisas, más objetivos.

Ya sabes con qué creo que empezó todo. Esa clave.
Un camino de velas, de luz, me distanciaba de esa clave.

Recuerdo todo de esa tarde/noche.
Cada prenda que llevaba, la puerta entreabierta, la persiana bajada, las varillas de olor.

Vale, tal vez el regalo no fue la clave de Sol. Puede que fuese el enseñarme que no todo era gris y que yo podía pintar lo que quisiera.
Si pinto orillas de Mediterráneo con niños jugando, estará.
Si pinto una bailarina estirando en barra, será.
Si pinto almohadas ignoradas, se ignorarán.

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